
Loris Malaguzzi: «El niño tiene cien lenguajes»
Cuando una idea puede dibujarse, construirse, narrarse o representarse, el aprendizaje encuentra más caminos para hacerse visible.
En el poema No way. The hundred is there, Loris Malaguzzi escribió: «The child has a hundred languages…». En traducción propia: «El niño tiene cien lenguajes…». La página oficial de Reggio Children atribuye el poema al pedagogo italiano y señala que la versión inglesa fue traducida por Lella Gandini.
La frase no propone contar capacidades ni dividir a los niños en categorías. En Reggio Emilia, los «cien lenguajes» son una metáfora de las maneras de pensar, expresar y comprender. Palabras, dibujos, arcilla, movimiento, música, construcción, juego y gestos pueden ayudar a elaborar una idea.
Cien no es un número: es una advertencia
El poema cuestiona una escuela que separa la cabeza del cuerpo, la ciencia de la imaginación y el trabajo del juego. Su advertencia sigue vigente cuando aceptamos una única respuesta escrita como prueba de comprensión.
Abrir más lenguajes no significa reemplazar la lectura, la escritura o los contenidos. Significa explorar una misma idea mediante distintas representaciones. Un estudiante puede modelar el ciclo del agua, explicarlo, dibujar relaciones y luego escribir una conclusión.
Una mirada crítica desde Rosarioeduca
Conviene evitar una confusión frecuente: los «cien lenguajes» no son los llamados «estilos de aprendizaje». No se trata de diagnosticar que un niño es visual, auditivo o kinestésico y enseñarle solamente por ese canal. Una revisión de Harold Pashler y colegas concluyó que no existía evidencia adecuada para justificar que adaptar la enseñanza a esas supuestas categorías mejorara el aprendizaje.
Etiquetar reduce: «aprende así». Ofrecer lenguajes amplía: «probemos también de este modo». La educación debería enriquecer el repertorio para observar, preguntar, representar y comunicar.
Tampoco alcanza con colocar muchos materiales sobre una mesa. Sin una pregunta que los estudiantes puedan investigar, una escucha adulta atenta y oportunidades para conversar sobre lo producido, la diversidad de recursos puede quedar en decoración. El valor aparece cuando cada lenguaje ayuda a pensar y cuando el docente acompaña, documenta y devuelve preguntas.
Cómo abrir más lenguajes en el aula y el hogar
En el aula, después de leer un texto de ciencias o de sociales, se puede proponer que pequeños grupos expliquen una idea mediante un diagrama, una maqueta, una escena breve o una secuencia de imágenes. Luego deben traducir esa producción a una explicación oral o escrita. El objetivo y los criterios son comunes; cambian los caminos para construir y mostrar la comprensión.
Documentar el proceso también enseña: conservar una foto, una frase, un boceto y su versión corregida permite observar cómo cambió una idea, no solo exhibir un resultado bonito.
En casa no hace falta un taller costoso. Cajas, papel, sombras, objetos cotidianos, relatos y el propio cuerpo pueden servir para reconstruir una historia, diseñar una solución o explicar una pregunta. En lugar de evaluar enseguida, el adulto puede preguntar: «¿Qué quisiste mostrar?» o «¿Qué cambió mientras lo hacías?».
Tres preguntas para pensar
- ¿Qué formas de expresión ofrecemos, además de la respuesta oral o escrita?
- ¿Esas alternativas ayudan a pensar con más profundidad o solo decoran la misma tarea?
- ¿Estamos ampliando el repertorio de cada niño o etiquetándolo según un único canal preferido?
Cierre
Los cien lenguajes invitan a escuchar antes de reducir. Educar no consiste en inventar esas posibilidades, sino en crear condiciones para que no sean silenciadas. Cuando una escuela o una familia acepta más de una forma de explorar una idea, también comunica algo esencial: comprender puede tener distintos recorridos, y todos necesitan diálogo, tiempo y acompañamiento.




